Culiacán 489, ciudad herida

PUENTE NEGRO 

Culiacán 489, ciudad herida

Por Guillermo BAÑUELOS 

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Si Culiacán fuese mujer, sería una dama madura impetuosa, maternal, cálida, dulce y hermosa; de voz sonora, acento bronco,  tez ajada y mirada triste. Sería parecida a La Locha. 

Hoy cumple 489 años de haber sido fundada el 29 de septiembre del 1531, Día de San Miguel Arcángel, Santo Patrono de la ciudad. 

Pero a esta urbe alegre, potente, bulliciosa y atractiva la cubre hoy un velo extraño. 

Y no es el humo tóxico que emana del incendio eterno -cual infierno- de cientos de autos guardados en la pensión de autos de La Costerita, sino un velo gris asociado a la muerte. 

Y es que miles de personas han fallecido estos meses, y un número indeterminado de niños son hoy nuevos huérfanos de Culiacán a causa del virus Covid-19. Muchos de ellos, por cierto, quizá ya no tienen ni el pan diario en su mesa. 

Según los datos oficiales, hasta ayer, un mil 059 habitantes contagiados habían fallecido a consecuencia de este mal, en un escenario considerado como catastrófico. 

Pero la cifra es mayor pues muchos de los contagiados y los decesos ocurren afuera de los hospitales. 

La pandemia que no termina nos ha pegado duro. 

Sus huellas y  heridas son profundas, de sanación complicada. 

Pero esta no es la herida única. 

A lo largo de varias décadas, miles de mujeres y hombres de todas las edades - familiares o vecinos míos, tuyos y de todos- han caído bajo las balas y las garras de un monstruo que crece y crece. 

Las semanas recientes, los sucesos de alto impacto nos ha recordado los peores momentos del pasado. 

Anda suelto el monstruo. Decenas de jóvenes mujeres y varones han  sido reportados como desaparecidos y los medios de información llenan de nuevo sus espacios con notas rojas que estrujan el alma de los vecinos, de por sí golpeados por la pandemia. 

En algún momento, algunos llegamos a creer que los culichis habíamos desarrollado una especie de inmunidad de rebaño ante la violencia y sus saldos trágicos y que éramos hasta indiferentes ante la muerte. 

Con alivio, hoy decimos que no es así. 

Las secuelas de la violencia han generado hartazgo en nuestra sociedad, sin ignorar que la subcultura del narcotráfico gane terreno. 

Si no, ¿cómo entender que cientos de jóvenes sean reclutados de manera interminable, voluntariamente, o forzados, a las filas del sicariato? 

Pero estar hartos de esto significa un despertar y un avance: estamos hartos de este mal que parece endémico. 

La pandemia tendrá que pasar algún día y la ciudad  recuperará su libertad, su esplendor y potencialidad.

El otro monstruo, insaciable e inclemente, rondará entre nosotros quizá hasta el día que el Arcángel Miguel descienda, empuñe su espada y corte de tajo esta larga cadena de violencia que estigmatiza ante el mundo a esta ciudad cercana a cumplir los 500 años de fundación. 

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