Receta para no vivir en ciudades feas, chaparras y cacarizas

PUENTE NEGRO

Punte negro

 

Por Guillermo BAÑUELOS

 

La arquitecta Sara Topelson tiene el don de usar palabras contundentes. No rebusca, atina. Su diagnóstico sobre las condición urbana de Culiacán es preciso: es una ciudad desarticulada, con pocos espacios públicos, un sistema de transporte deficiente, problemas de movilidad, desigualdad económica y social. La mancha urbana se expande sin un control adecuado debido  a asentamientos irregulares y  a cientos de fraccionamientos con miles de casitas de interés social diseñadas sin diversidad tipológica y de fachadas clonadas y horribles.

El 16.2% de estas casitas, tan sólo en la periferia de Culiacán, están desocupadas o abandonadas por sus propietarios, quienes compraron lo que los desarrolladores les vendieron: ‘ilusiones’, como describe Topelson.

Gracias al acceso fácil a un crédito ‘barato’, al deseo de cumplir el sueño de tener casa propia, más la magia del marketing, estas auténticas colmenas se venden porque se venden y, contrario a la racionalidad, se reproducen sin parar, cada vez más lejos.

Topelson bautiza con un solo nombre a todos los fraccionamientos de este tipo.  Como todos estos son construidos lejos, muy lejos de la ciudad, todos pueden ser llamados  Lomás Lejos. Pero lo que parece peyorativo no lo es. Es realmente un asunto dramático.

La gente es atraída por la ilusión -vestida de oportunidad única-  de solucionar  su necesidad de vivienda. Compra y se muda. Y de inmediato sufre el calvario: la casita de sus sueños, ubicada en el fraccionamiento Lomás Lejos está retiradísima de todos los centros de trabajo, de las escuelas, los hospitales, los sitios recreacionales. Para colmo, el servicio de transporte es deficiente y caro. Además es peligroso caminar estas distancias enormes al lado de tantos muros de piedra –la anticalle, dice- o de inmensos espacios baldíos que, paradójicamente, acentuan los riesgos . Irremediablemente, para cualquier desplazamiento, la gente requiere un auto, o dos, o tres.  Pero el tráfico es penoso, la gasolina carísima, el tiempo no alcanza y el stress enferma. En este momento, aparece el fenómeno citado antes: el 16.2% de estas casitas están abandonadas.

Gracias a una invitación de la Academia Nacional de Arquitectura Capítulo Culiacán y de la Canadevi, entre otras instituciones, Sara Topelson estuvo en Culiacán hace unos días. Habló ante un auditorio compuesto por el alcalde Jesús Valdés Palazuelos, la titular de la Secretaría de Desarrollo Sustentable, Martha Robles, profesionales, académicos, empresarios y estudiantes.

La arquitecta enumeró los síntomas de estos males urbanos para exponer enseguida una propuesta adoptada ya en muchas urbes del mundo para enfrentar el desarrollo de las ciudades, que es el futuro de nosotros mismos. Refirió que el 80% de la población mexicana vive ahora en 56 zonas metropolitanas –entre ellas Culiacán-, donde el reto urbano principal es crecer ‘hacia el interior’, no expandiéndose incontroladamente, como ha sucedido.

Los gobiernos locales, dijo, deben apoyarse en organismos como los IMPLAN y en los instrumentos de planeación de éstos para diseñar políticas y acciones públicas que permitan redensificar las ciudades, sin llegar a una hiper densificación –aglomeramiento-.

Topelson habla de la ciudad como ‘una totalidad’ en la que deben existir lo mismo plazas comerciales y sitios recreativos que plantas tratadoras de aguas, panteones, depósitos de basuras, hospitales , escuelas y todos los servicios que requiere la gente. Sin embargo, nadie desea vivir cerca de estos sitios, y surge entonces la alternativa de mudarse a las periferias.

El rechazo a esta situación –vivir cerca de centros de servicios- es más marcado en países como Estados Unidos, donde las manchas urbanas parecen no tener límites, “pero a la gente de Estados Unidos les cobra el gobierno y pagan impuestos altísimos para darse este lujo y los administradores de las ciudades recaudan suficientes recursos para llevar todos los servicios a los puntos más lejanos”, lo que no ocurre en nuestras ciudades, donde los ayuntamientos sobreviven en la penuria financiera, explicó.

Desde su visión, Topelson define que la ciudad debe ser incluyente, ofrecer espacios públicos a los ciudadanos, admitir usos mixtos o múltiples del suelo para provocar una mejor distribución de las fuentes de empleos y la diversidad social.  La ciudad necesita ciclovías, andadores seguros y sombreados, “aunque en ciudades como Culiacán, por el clima, muchos no ven como opción el uso de la bibicleta, ¡pero ya inventaremos algo para que sí funcionen las bicis!”.

Una ciudad buena, postuló, es donde existe una buena intensión en los políticos, en los gobernantes y en el propio grupo social para respetar la planeación urbana y los instrumentos de ordenamiento que la ley dispone.  Una ciudad buena es en la que la gente recupera el derecho a la ciudad y el espacio público y en la que se genera una cultura de movilidad diferente. Es una ciudad compacta, resilente e incluyente.

¿Cuál es esa ciudad? Topelson citó el caso de un nuevo desarrollo de vivienda en Barcelona, España, donde fueron construidos 24 edificios de 8 niveles, 20 locales comerciales y de servicios diversos, en solo una hectárea, donde habitan 300 personas, quienes tienen casi todo a la mano, sin necesidad de moverse grandes distancias para obtener lo que necesitan o desean. El Culiacán, en contraste, en una hectárea viven 53 personas.

La ciudad necesita también espacios para caminar e impedir que el ambulantaje se apropie del espacios público, que es “la estancia urbana” de los ciudadanos. Pero necesita además combatir la especulación con la propiedad de terrenos sin uso y crecer verticalmente. Por no hacer esto, explicó, es que en México tenemos ciudades feas (sin diversidad tipológica), chaparras (extendidas) y cacarizas (huecas, con muchos espacios sin uso).

-¿Quién es? Sara Topelson es una de las personalidades más importantes de México y una figura reconocida mundialmente. Egresada de la UNAM, IPN y con estudios en el INBA; consejera de la Unión Internacional de Arquitectos (primera presidente de la misma). Reconoce los límites culturales impuestos a la mujer, “… un techo de cristal que hay que romper”. Fue nombrada Mujer del Año en México (1996) y ha recibido  múltiples reconocimientos del Ministerio de Cultura de Francia, de la Sociedad de Arquitectos Polacos, del Colegio de Arquitectos de Cataluña, de la Universidad Anáhuac, del Instituto Americano de Arquitectos, del Instituto Real de Arquitectos de Canadá, de la Asociación Nicaragüense de Ingenieros y Arquitectos, del Colegio de Arquitectos de Venezuela, del Instituto Real de Arquiutectos de Austria y del Instituto de Arquitectos de Japón. Topelson fue directora de Arquitectura y Conservación del Patrimonio Artístico del INBA y del Museo Nacional de Arquitectura.

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